sábado, 26 de junio de 2010

SERIE: PUROS CUENTOS : PARTE XI: "LA DAKINI"

kultur-Tulum:




NARRATIVA Y CUENTO CORTO:






De la Serie Puros Cuentos: “9, 760 Kilómetros a través de la India”.





Parte XI:




“LA DAKINI”





__ Espero que todo haya salido bien en su viaje a Puthapharti, se escuchó decir a Nalesh por el hilo telefónico.


__ Así es, todo está bien, gracias. Ya estoy de regreso en Madrás…, de hecho, recién estoy entrando en estos momentos a mi hotel, y ahora le llamo para confirmar la cita que tenemos usted y yo en un par de horas, contestó el viajero.


__ Me temo que será un poco difícil esta tarde, pues como ya te habrás podido dar cuenta, esta fuerte tormenta que está cayendo sobre la ciudad no amaina y creo que continuará así toda la tarde…, dijo Nalesh.


__ ¿Qué sugiere usted?, contestó de inmediato el viajero.


__ Te propongo que pasemos la cita para mañana un par de horas más temprano, pues me gustaría prepararte una pequeña sorpresa, dijo Nalesh.


__ Está bien, de acuerdo. Quedamos entonces a las dos de la tarde, en el mismo sitio ¿verdad?, preguntó a su amigo Nalesh.


__ Correcto. En el mismo lugar, contestó en tono lacónico y amable.



El tiempo que siempre pasa volando para los viajeros compulsivos, transcurrió otra vez como una veloz tromba, y pronto llegó de nuevo la hora del reencuentro con el amigo Nalesh, casi veinticuatro horas después de haber hablado por teléfono con él. Tal y como habían acordado, se reunieron en un amplio e iluminado restaurante muy cerca del edificio municipal, en el centro del la ciudad. Allí permanecieron casi una hora charlando y contándose anécdotas. El viajero daba detalles a su amigo de sus impresiones y experiencias en Prasanti Nilayam, hasta que al cabo de cierto tiempo Nalesh le interrumpió y consultando su reloj le dijo a su amigo:


__ Muy bien. Debemos irnos en este momento. Deseo presentarte a una persona que estoy segura te interesará bastante.


__ Como usted diga, fue todo lo que alcanzó a contestar el viajero, mientras se apresuraba a pedir la cuenta, levantándose de aquella mesa con cierta prisa.



Los dos hombres salieron a paso apresurado de aquel lugar y se dirigieron al parqueo del establecimiento, en busca del auto de Nalesh. En pocos minutos se encontraban atravesando una buena parte de la ciudad, hasta llegar a una de sus periferias, una extensa área boscosa que de inmediato el viajero reconoció estaba a muy poca distancia de Adyar, la famosa quinta donde Krishnamurti había vivido una buena parte de su niñez y adolescencia.


Nalesh condujo su vehículo por una estrecha y larga senda sin asfalto, compuesta por dos enormes hileras de frondosos y elevados árboles que flanqueaban en línea paralela el angosto camino de tierra. No había casas ni gente y todo parecía estar dominado por el fresco verdor de la naturaleza. Luego de que hubo transcurrido cierto tiempo, quizá unos quince minutos yendo a prudente velocidad, finalmente llegaron hasta el final del sendero, que terminaba justo en el jardín frontal de una enorme y muy antigua casa de madera.


Dejaron el auto en la entrada del jardín y caminaron hacia la puerta principal de aquella mansión, para hacerse anunciar con los tañidos de una campana de regular tamaño, que colgaba muy cerca de la entrada principal.


Muy pronto apareció una mujer de mediana edad ataviada con un hermoso sari, cuyos pliegues y grandes partes abiertas ponían al descubierto una oscura y tersa piel, que resaltaba la elegancia natural de un cuerpo esbelto y erguido. Tras un breve saludo gestual la mujer hizo pasar al viajero y a su amigo al interior de la una enorme sala de estar, que de inmediato llamaba la atención por su escaso mobiliario, y por estar dominada por una llamativa decoración en el piso, compuesta por una enorme y auténtica piel de tigre, colocada justamente en el centro de la sala.


Casi de inmediato aquella anfitriona se escurrió silenciosamente por uno de los pasillos interiores de la casa, y rápidamente regresó a la sala donde la esperaban sus visitantes, portando en las manos un par de almohadones grandes y un juego de candelas de incienso de sándalo, poniendo todo ello de inmediato en el centro de aquella enorme alfombra zoomorfa.


Mientras la mujer encendía las velas y distribuía los almohadones en puntos separados de la alfombra, intercambiaba ciertas palabras en urdu con Nalesh, mientras el viajero escuchaba con atención intentando entender algo, sin atinar a descifrar en lo absoluto nada de lo que oía.

Con una de sus manos Nalesh hizo un gesto a su amigo invitándolo a que se sentara y acomodara en uno de los almohadones, mientras el hacía lo mismo, no sin antes haberse removido los zapatos, cosa que de inmediato imito el viajero.


Mientras tanto la anfitriona volvió a retirarse por unos instantes hacia una de las habitaciones de la casa, y pasados unos minutos regresó portando un enorme y pesado reptil en sus brazos, el cual venía enroscado como si se tratara de una pesada rueda de automóvil.


Al ver que la mujer se acercaba lentamente hasta donde ellos estaban sentados, el viajero se sobresaltó e intentó levantarse de inmediato, pero Nalesh le hizo un ademán indicándole que guardara la calma, que nada malo le iba a ocurrir.


En completo silencio la anfitriona removió los zapatos de sus pies y se sentó en posición de yoga sobre la alfombra, a una cierta distancia de sus dos visitantes. Con sumo cuidado depositó sobre su regazo aquella pesada rueda de oscura y escamosa piel, y cuando tuvo sus dos manos libres sacó del interior de su sari un par de pequeños címbalos unidos entre sí por una delgada cuerda de cuero, y de inmediato los chocó suave y repetidamente el uno contra el otro, produciendo un extraño pero agradable tañido, cuya agudeza inundó toda la sala.


Poco a poco la enorme serpiente fue desperezándose, y con mucho tacto empezó a subir por las piernas y el tronco del cuerpo de su ama. La mujer entonces dejó a un lado su instrumento musical y cerrando sus ojos se puso a meditar, mientras aquel animal se enroscaba y subía suavemente hacia el cuello de la anfitriona.


Sin alarmarse pero con mucha delicadeza, la mujer aflojó un poco la presión que el animal estaba ejerciendo sobre su garganta, y sin abrir los ojos, acarició con sus dedos la cabeza del reptil, quien de inmediato reaccionó subiendo y deslizándose lentamente hacia el rostro de la mujer, hasta situarse justo enfrente del entrecejo de ella, en mitad de la frente, tocándola suavemente con su pequeña boca, cosa que aquel animal realizó varias veces y sin ninguna prisa.


En ese trance estuvieron la mujer y la serpiente durante varios minutos, los cuales al viajero se le antojaron siglos, pues estaba realmente muy asustado con todo aquello. Nalesh mientras tanto observaba con suma atención sin que aquella escena realmente le alterara en lo más mínimo, como si estuviese acostumbrado a ello.


En determinado momento la mujer retiró muy delicadamente a su mascota, tomándola de una porción muy cerca de su cabeza, hasta que logró que el reptil volviese a su posición original, como disponiéndose a continuar durmiendo. Casi de inmediato, la mujer abandonó su posición de yoga y poniéndose de pie se acercó a su amigo Nalesh y le susurró algo al oído. Él entonces tradujo aquellas palabras del urdú y le dijo al viajero:


__ Mi amiga dice que no tengas miedo. Quiere enseñarte algo pero que antes debes cerrar tus ojos, respirar profundo y poner tu espalda completamente vertical, como si estuvieses meditando.



Sin decir absolutamente nada, el viajero obedeció de inmediato, y a continuación sintió que su anfitriona se acercó hasta donde estaba él. Se percató que ella se había sentado justo en frente, tan cerca que incluso pudo sentir la respiración de la dama. Casi de inmediato sintió en la frente la punta de un dedo presionándole suavemente la pequeña zona del entrecejo, quizá un par de centímetros arriba de la raíz de sus fosas nasales.


La anfitriona repitió varias veces esa sencilla y extraña operación sobre la frente de su visitante, y luego susurró algo a Nalesh, quien de inmediato se dirigió a su amigo.


__ Ella dice que debes mantener los ojos cerrados y de este momento en adelante, cada vez que ella te toque la frente con la punta de su dedo, debes decirme en voz alta, el color que estés viendo en tu interior, dijo Nalesh al viajero.



Por unos segundos se hizo un completo silencio en aquel ambiente, y a continuación la mujer tocó de nuevo la frente del amigo de Nalesh. De inmediato aquel hombre dijo:


__ Veo una mancha verde que gira enfrente de mí.

Nalesh le tradujo a su amiga y de inmediato ella tiró hacia el suelo el pequeño trozo de tela que tenía entre sus dedos. A continuación sacó del interior de su sari otra pieza de tela, esta vez de un color distinto, y mientras la sostenía con una mano, con la otra tocó de nuevo la frente de su visitante, y éste dijo;

__ Amarillo.

La mujer soltó hacia el suelo nuevamente la delgada tira de tela y sacando una tercera, esta vez de color rojo, posó de nuevo la punta de su dedo índice en la misma zona corporal de aquel hombre, y de inmediato se le escuchó decir;

__ Rojo.

En ese momento, la mujer pidió a su amigo Nalesh que indicara a su amigo que abriera los ojos, cosa que este hizo rápidamente, y entonces ella abrió los puños que aquel hombre tenía fuertemente cerrados sobre su regazo, y sin decirle nada le colocó entre los dedos los tres pedazos de tela.

Con ojos desorbitados, el viajero descubrió rápidamente que el color de estos se correspondían exactamente con los que él había observado en su interior.

La mujer sonrió y poniéndose de pie se despidió amablemente de los dos hombres, dirigiéndose de nuevo hacia las habitaciones interiores de aquella casa.

Ya estando en el auto de Nalesh a punto de partir de regreso al centro de Madrás, el viajero rompió su silencio y se escuchó preguntarle a su amigo;

__ ¿Cómo se explica esa experiencia?

__ Piensa un momento por ti mismo y trata de encontrarla por mera intuición. En Cuanto lleguemos a tu hotel te daré un par de explicaciones al respecto.



Fin/



Sergio Barrios E.

viernes, 21 de mayo de 2010

Serie: Puros Cuentos: Parte X: "La Vida en Prasanthi Nilayam"


Nueve mil setecientos kilómetros a través de la India


Serie Puros Cuentos


Parte X



“La vida en Prasanthi Nilayam”



__ No creo que exista un lugar como este en ninguna otra parte del mundo, dijo Roberto, con voz serena y pausada, mientras degustaba un sorbo de café espeso y humeante.

__No lo dudo, respondió el viajero, concentrado en manipular su cámara digital en busca de algunas imágenes que había grabado ese día por la mañana.

__ ¿Qué busca?, le preguntó su amigo, mientras fruncía el ceño.

__ ¡Aquí está! ¡Ya lo tengo!, exclamó el viajero, mostrándole a Roberto una secuencia de fotos.

__ Ummm..., veamos, el hospital, la universidad, el museo, las imprentas…de nuevo el hospital, el árbol de la meditación…de nuevo la universidad…vaya, veo que hoy recorrió buena parte del ashram, murmuró aquel hombre que ya acostumbraba a ver el monasterio como su propia casa.

Para Roberto era evidente que el viajero había quedado muy impresionado por el hospital, pues abundaban las fotos sobre distintos ángulos de aquel inmenso edificio. Por ello, su siguiente comentario emergió de una manera bastante natural.

__ Veo que le ha impresionado mucho el hospital ¿No es así?, dijo con cierto brillo de orgullo reflejado en los ojos.

__ Así es. Es de proporciones colosales. Jamás en mi vida había visto unas instalaciones tan enormes para un hospital, dijo el viajero, denotando asombro y sinceridad en sus palabras.

__ Veo que todas las tomas de su cámara son externas. De haber usted logrado entrar se hubiera quedado todavía más impresionado. Adentro hay equipo quirúrgico de primera generación, todo o casi todo donado desde Estados Unidos y Europa, se escuchó decir a Roberto.

__ ¿Y el personal médico y paramédico?, interrogó el viajero.

__ También es en gran parte foráneo. Hay mucho especialista de primera línea en el campo de la medicina, aunque ellos sólo vienen por períodos cortos de tiempo y no cobran un centavo, respondió Roberto.

__ Alguien me explico que los internos tampoco pagan nada. ¿Es eso cierto? preguntó el viajero.

__ En efecto. Aquí viene la gente más pobre de entre los pobres de la India. Pasa exactamente lo mismo con la universidad, que no les cuesta un solo centavo a los estudiantes, pero estos deben tener un alto rendimiento académico y ser de muy extrema pobreza… son los dos requisitos principales, dijo Roberto.

__ Con toda franqueza, espero usted no se moleste con lo que voy a decirle, pero me parece que más que lo meramente religioso, son este tipo de cosas sociales las que en realidad le atraen a usted de Prasanti… ¿No es cierto?, preguntó el viajero, mientras miraba fijamente a través de los gruesos vidrios de los lentes de su interlocutor.

__ Así es mi amigo. Y creo que usted anda en las mismas que yo. Intereses sociológicos más que metafísicos… ¿verdad?, se escuchó responder a Roberto, devolviéndole la pelota al campo de su amigo con una discreta sonrisa apenas imperceptible.

__ Si, así es. A mi no me interesa averiguar si Sai Baba es un dios, un mago o si es la misma reencarnación de Buda. Me interesa el impresionante trabajo social y humanitario que bulle en este lugar, donde parece que las leyes monetarias del capitalismo se rompen en mil pedazos, y los ricos del mundo se vuelven socialistas…aunque sea por breves momentos y con una ínfima porción de su dinero. Tal y como usted dice, esto no existe en ningún otro lugar… se escuchó responder al viajero.

__ ¡Cierto!, exclamó Roberto, con marcado y entusiasta énfasis, como si de pronto recordara algo que de tan familiar empezaba a olvidar.

__ Es más, aquí hasta se dan el lujo de atender a uno que otro sudamericano de clase media, como ocurre con Mario y Luisa, dijo el viajero.

__ ¿Quiénes son ellos?, preguntó con extrañeza Roberto.

__ Mario es un muchacho argentino que recién conocí el día que llegué al apartamento colectivo que me asignaron al registrarme en la entrada del ashram. A él, según me contó el primer día que platicamos, los médicos de su país lo desahuciaron. Tiene destrozada la columna vertebral producto de un grave accidente automovilístico que sufrió en Buenos Aires. Me contó que vino acá hace cuatro años – prosiguió explicando el viajero-, acompañado de sus padres. Desde entonces Mario espera que Sai Baba lo reciba, pues cree que mediante un milagro él puede devolverle las capacidades motrices a sus piernas.

__ Muy triste ese caso, alcanzó a balbucear escuetamente Roberto.

__Si, indudablemente. Desde que yo llegué aquí y me instalé en el apartamento donde esta él, todas las madrugadas, cuando me estoy preparando para salir hacia el Darshan de las 5, Mario se despierta y oigo que me dice; “Che, te deseo suerte. Si acaso Sai se te cruza por el camino, contale acerca de mi, oíste”. Y entonces yo le respondo: ¿Por qué mejor no te venís conmigo? Yo te llevo en la silla, no hay problema.

__ ¿Y qué le responde él?, interrogó Roberto.

__ Nada. No me responde nada. Solo se le humedecen sus ojos claros. Entiendo que él está agotado o quizá frustrado con tantos años de espera inútil.

Al oír estas palabras, aquel hombre de edad madura se llevó una mano hacia la pequeña bolsa de su camisa, y mientras sacaba una pluma y un diminuto pedazo de papel, se dirigió al viajero y con un extraño tono de voz le dijo al viajero:

__ Necesito que me de todos los detalles acerca de ese muchacho. Veré que puedo hacer por él. Y respecto a la otra persona…

__ Se llama Luisa, es una chilena, se apresuró a responder el viajero.

__ ¿Quién es ella?, preguntó Roberto.

__ La conocí apenas ayer por la tarde, mientras cenaba en uno de los comedores donde sirven los platillos tradicionales, la comida local. Yo tenía poco tiempo de haber empezado a comer, cuando de pronto escuché detrás de mí, las voces de un par de mujeres que hablaban muy claramente en castellano. Eso de inmediato me llamó poderosamente y cuando volví la cabeza para ver hacia atrás, me percaté de que ellas me estaban observando con igual curiosidad, como intentando adivinar mi nacionalidad o algo parecido, dijo el viajero.

__ ¿Ellas también llevan años de permanecer aquí?, preguntó Roberto.

__ No, según me contaron llevan únicamente pocos meses de estancia en Prasanthi. Una de las dos mujeres, la que dijo llamarse Luisa, me contó que en Chile los médicos le detectaron un cáncer pulmonar en estado muy avanzado, y que le habían diagnosticado poco tiempo de vida, explicó el viajero.

__ Ya veo, también le voy a pedir los datos específicos que ella pudiese haberle dado a usted, se escuchó decir a Roberto.

Por unos instantes se hizo un breve e involuntario silencio entre aquellos dos hombres que ocupaban una mesa de aquel restaurante, que a esa hora lucía semi-vacío. Eran aproximadamente las 6:30 de la tarde. Afuera la luz solar empezaba a ceder su lugar a las primeras sombras de la noche que recién nacía. Pese a ello, la temperatura ambiente al final de la tarde seguía siendo en ese lugar un tanto alta, produciendo un calor húmedo que hacía sudar a con gran facilidad.

__ Usted me cae muy bien. Debería quedarse más tiempo, se escuchó decir de pronto a Roberto, rompiendo el silencio. Aquí usted con sus conocimientos podría ser de gran ayuda.

__ Gracias por esa opinión, respondió de inmediato el viajero y prosiguió su argumentación. A mí en lo personal me gustaría algo así pero debo de partir mañana mismo al caer la tarde. Salgo de nuevo hacia Madrás, donde me esperan este próximo martes. Y luego debo de subir nuevamente otros 1500 kilómetros, para llegar a Nagpur, el corazón de la India, en donde me espera mi amigo Pakrash. Una semana después salgo desde allí hacia el nor-oeste, otros 1,300 kilómetros, para llegar Varanasi, donde me darán algunas entrevistas en la universidad.

__ Es una lástima. ¿Y si regresa de nuevo acá al terminar sus compromisos en Varanasi?, se escuchó decir a Roberto, en voz muy baja, casi imperceptible.

__ Eso es muy difícil, respondió de inmediato el viajero, empleando un tono amable, para no parecer arrogante. Primero porque desde Varanasi debo de cruzar luego hacia Sonauli, pasando la frontera para llegar del lado nepalés, hasta alcanzar por tierra la ciudad de Katmandú, la capital. Y segundo, por la sencilla razón de que volver aquí significaría prácticamente volver a atravesar toda la India de Norte a Sur, casi hasta el extremo de la punta sur-central donde ahora estamos. Estamos hablando de casi tres mil kilómetros, sólo de regreso, sin contar los que ahora tengo que recorrer para llegar hasta arriba, a Nepal.

__ Entiendo, el dinero es siempre un factor a tomar en cuenta, dijo Roberto, en tono condescendiente.

__ Así es. Y no se trata sólo de dinero. Aún cuando tuviera el suficiente para comprarme un boleto de avión y regresar aquí de una manera más directa y rápida, no tengo el tiempo necesario para poder hacerlo. Debo de regresar a mi casa, en América Central, donde me esperan tras casi un par de años de ausencia.

__ ¡Comprendo perfectamente!, dijo Roberto. Su vida me recuerda la mía. Cuando yo tenía su edad me pasaba algo muy similar. Me costaba mucho variar mis planes pre-concebidos. Sufría mucho con cualquier cambio, por milimétrica que fuera la variación. Pero el tiempo le va enseñando a uno y poco a poco se va aprendiendo…dijo Roberto, imprimiéndole a sus palabras un extraño tono de voz.

¿Aprendiendo uno?, interrogó el viajero, quien esta vez era él quien no comprendía bien.

__ Quiero decir, los planes que uno hace son fijos, pero resulta que la vida es en sí misma algo fluido, y no siempre ella respeta las rigideces que nosotros nos auto-imponemos. La vida es aleatoria, no es unidireccional, y en cambio nuestros planes normalmente si lo son…ese es el problema, dijo aquel hombre de cabellos profundamente plateados.



Fin-


Sergio Barrios E. /





sábado, 24 de abril de 2010

"9,760 KILOMTROS A TRAVÈS DE LA INDIA: SERIE PUROS CUENTOS: PARTE IX: "SAI, EL GRAN MAGO"

SERIE PUROS CUENTOS:
"9,760 KILÒMETROS A TRAVÈS DE LA INDIA"
PARTE IX: "SAI, EL GRAN MAGO"


“Sai, el “Gran Mago”




Visto a tan corta distancia, al viajero no le parecía que su famoso anfitrión fuese un hombre tan alto, tal y como se dejaba ver en las diversas fotografías publicadas en portadas de muchos libros. En medio de aquellas miles de almas de todas las edades y nacionalidades, que sentadas en el suelo en posición de yoga parecían haber caído en una especie de trance hipnótico colectivo, se habría paso aquel hombre de túnica naranja, piel de un cobrizo oscuro, más oscura que cobriza, con su nariz y demás rasgos faciales africanizados, y con su estrafalario y abombado pelo negro.

Aquella madrugada el viajero permanecía sentado en posición de yogui en aquel resplandeciente y frío piso, calmado e imperturbable, con los ojos muy abiertos, viendo toda la escena en aquel enorme salón semi-cerrado, observando con disimulo y suma atención hacia diferentes ángulos, como si estuviese filmando todo con una invisible cámara de video. Procuraba que no se le escapara ningún detalle, pues sabía que aquellas imágenes pasarían muchos años grabadas en su retina o mejor dicho, en su memoria.

Su anfitrión caminaba con cierta dificultad entre la gente, pese a que unos pasadizos casi invisibles, apenas señalizados por unas tenues y discretas líneas marcadas en el piso, le indicaban por donde podía pasar. Al parecer, el “Darshan” o la ceremonia devocional como le llaman los hindúes, estaba por empezar, pues de pronto el gran santón apresuró su paso, mientras estiraba sus brazos para tomar entre sus manos numerosas cartas que las gentes le entregaban de manera apresurada, antes de que él se desvaneciera de su presencia. Sin saber bajo que criterio de selección, él recibía solamente algunas mientras otras cartas las ignoraba totalmente, dejando a la gente con el brazo extendido en el aire y una manifiesta expresión de frustración y llanto en el rostro.

De pronto el viajero observó que aquel hombre se encaminaba directamente hacia el área donde él estaba sentado. Petrificó entonces todos sus músculos y agudizó la mirada, en una actitud muy parecida a la que asumían los cazadores primitivos en espera de un tigre en aproximación hacia la cueva.

En cuestión de segundos aquel hombre venerado estaba casi frente a él, a una distancia no mayor de un metro y medio. Detuvo su apresurado caminar justo frente a una línea de devotas mujeres hindúes, que se hallaban sentadas muy cerca del viajero, con quienes rozaba casi codo con codo. Al tenerlo tan cerca, aquellas mujeres se dejaron caer abruptamente sobre sus desnudos pies, intentando besarlos. El santón de inmediato se echó para atrás, retirando lo más que pudo sus piernas, y con manifiesto malestar repitió varias veces la palabra “Nei”.

Se escucharon entonces claramente varios No, en hindi o en urdu. Aquellas mujeres sintiéndose regañadas retiraron de inmediato sus manos, y enderezaron de nuevo sus columnas vertebrales. El viajero filmaba todo con sus retinas muy abiertas, y pronto se percató que el santón no lo había visto, o al menos había hecho como si no lo había visto, lo cual le devolvió la calma necesaria para observar con atención.

El santón estaba por alejarse del sitio pero al ver que aquellas mujeres inclinaban levemente sus cabezas hacia el suelo, extendió sus brazos y puso sus manos muy cerca de la coronilla de la cabeza en dos de ellas, y con la palma orientada hacia abajo, empezó a frotar suave pero rápidamente sus dedos, con un movimiento muy parecido al de un habilidoso cajero bancario que cuenta billetes. El viajero puso sus ojos en “zoom-in” como dicen los camarógrafos, cuando éstos van a enfocar un punto muy preciso.

De inmediato pudo observar algo que le pareció un tanto extraño: de las puntas de aquellos morenos y largos dedos, en ambas manos, salía una fina arenilla o ceniza color gris, que silenciosamente caía sobre la cabeza de las dos devotas, mientras algunos residuos adicionales caían sobre el piso.

Las demás mujeres que estaban muy próximas a las féminas afortunadas, se abalanzaron de nuevo hacia el suelo, pero esta vez no para besar los pies desnudos de su gurú, sino para intentar recoger entre sus manos un poco de aquella rara y arenosa sustancia.

Como un rayo que llega y desaparece, así se alejó el anfitrión por entre la gente. Mientras tanto, las bocinas seguían esparciendo la suave música devocional con el dulce sonido de cítaras, címbalos y flautas, bañando todas las avenidas y edificios de apartamentos en el extenso Prasanti Nilayam.

Pocos instantes después bajaron el volumen de los altoparlantes, que estaban estratégicamente dispersos por todas las áreas de edificios de aquella ciudadela-monasterio, por lo que era evidente que el anfitrión iba a empezar su “sermón matinal”. A mis espaldas, a unos cien metros de distancia, estaba la puerta principal de aquel inmenso salón sin muros, situado aproximadamente en la parte central de las extensas hectáreas que conforman Prasanti. El viajero giró su cabeza en un ángulo de 180 grados, y pudo observar que en ese preciso instante, un numeroso grupo de visitantes con inconfundible apariencia de norteamericanos, hombres y mujeres de diversas edades, estaba haciendo su ingreso al lugar.

Vio entonces como aquella comitiva pasaba en forma ordenada y respetuosa, a través del arco electrónico detector de armas, metales y video-cámaras. Los que habían pasado antes pronto removieron sus zapatos y los colocaron en los casilleros de madera que aún estaban vacíos. Los que llevaban cámaras digitales tuvieron que exponerlas ante un detector especial, pero al igual que a todos los demás concurrentes al Darshan, de todos modos a ellos tampoco les permitieron hacerlas ingresar.


__Algo que pudo ser muy grave sucedió aquí hace algunas noches. Te contaré esta tarde cuando bajemos al pueblito, le dijo Roberto, el nuevo amigo del viajero, cuando estos se encontraron en la puerta electrónica del gran salón, al nomás terminar el Darshan, poco antes de las siete de la mañana.

__ Observé anoche alguna gente que intentaba pasar desapercibida, pero me di cuenta que estaban armados, tenían varios jeeps y radio-comunicadores, le contestó el viajero.

__ Desde que llegué aquí hace más de cuatro años es la primera vez que pasa esto, pero no te preocupes, ya todo se normalizara, contestó aquel hombre de edad madura y voz serena, ex funcionario de una agencia de Naciones Unidas en Delhi, y quien había dedicado toda su vida profesional al trabajo con los infantes y adolescentes.

__ OK, quedamos entonces en el “Om”, dijo el viajero.
__ Exacto. Ese lugar me gusta. Allí te espero con mi taza de café, a las 5 en punto, contestó aquel huésped, mientras apresuradamente se dirigía a su tarea cotidiana de lavar platos, en una de las enormes cocinas colectivas donde hacía su voluntariado.


Fin/




martes, 23 de marzo de 2010

SERIE PUROS CUENTOS (VIII): "BIBLIOTECA ADYAR"

"NUEVE MIL SETECIENTOS KILÓMETROS A TRAVÉS DE LA INDIA"
SERIE PUROS CUENTOS
Parte VIII

“Biblioteca Adyar”


__ Tome, le recomiendo que consulte este otro, le dijo el hombre aquel, hablándole en voz baja cerca del oído.


__ ¿Debo llenar una boleta adicional?, preguntó el viajero de inmediato, mientras tomaba entre sus dedos el pequeño libro que tenía enfrente.


__ No, no es necesario. Yo lo he hecho ya por usted, le contestó lacónicamente, mientras giraba sobre sus talones y se dirigía de nuevo hacia su asiento.


Aquella mañana la biblioteca tenía pocos visitantes. Apenas tres usuarios consultaban en silencio y dispersos en medio de aquel salón, que a esa hora se mostraba inundado por una radiante luz solar que penetraba por los cristales de los ventanales. A pocos pasos de los muebles antiguos de caoba que contenían en su interior los ficheros, se encontraban unos pequeños escritorios, también de madera, ocupados por dos mujeres, una de ellas de edad algo avanzada y la otra muy joven. Ambas se dedicaban diligentemente y en completo silencio a revisar, ordenar y reconstruir tarjetas con información bibliográfica, y de vez en vez, a orientar e informar a los escasos visitantes. Aquel salón de lectura no era muy grande, había sido construido para albergar en un mismo momento quizá a un número no superior a las treinta y cinco personas.

El ambiente predominante en aquella biblioteca era de sobriedad absoluta, como casi en todas las salas de ese tipo. Las blancas paredes lucían semi-desnudas y eso hacía un perfecto contraste con los pulcros y brillantes cuadros negros y blancos del piso esmeradamente encerado.
Un par de horas después el viajero continuaba completamente absorto realizando anotaciones en su cuaderno. Mientras tanto el hombre que previamente le había entregado aquel libro de consulta, se aproximó de nuevo hacia él y en completo silencio, deslizó bajo la libreta de su amigo un trozo de papel con una frase anotada en el centro. El viajero la tomó entre sus manos y tras leer aquellas palabras se levantó de inmediato, caminando detrás de su nuevo amigo hacia la puerta externa de la sala.


__Tómese un pequeño descanso, le dijo el hombre, empleando un tono amable y disuasivo.


__De acuerdo, quiero aprovechar el paréntesis para preguntarle algo que acabo de encontrar en el libro que usted me entregó, dijo el viajero.


__Está bien…Caminemos un poco y aprovechemos el aire puro que abunda en este sitio hermoso, le contestó el hombre, mientras con un rápido ademán le señaló una larga y estrecha alameda, la cual parecía una enorme y angosta serpiente blanca en medio de las espesas y verdes entrañas de aquel inmenso bosque.


__ ¡¿Así que este sitio fue donde Krishnamurti vivió muchos de sus años de niñez y adolescencia?!, se escuchó decir al viajero, mientras levantaba la vista para observar la copa de una gigantesca Ceiba que encontraron a un lado de la estrecha senda. En la parte de abajo muy cerca de las raíces de aquel inmenso y frondoso árbol, se podía ver un pequeño letrero, el cual decía; “México”.


__ Aquí cada país está representado por un árbol…algunos de los cuales son realmente enormes, como este…dijo el hombre, como leyendo la mente del viajero y anticipándose a su próxima pregunta.


__ ¡Este sitio es enorme, debe tener muchas hectáreas de extensión!, exclamó el viajero. Es increíble que este lugar tan apacible y con tanto oxigeno puro exista en medio de una ciudad tan bulliciosa y contaminada como Madrás, dijo el viajero, un tanto asombrado.


__ ¿Qué iba a preguntarme acerca del Dr. Relé?, se escuchó preguntar al nuevo amigo del viajero, un hombre de aproximadamente unos sesenta y cinco años de edad, oriundo de aquella ciudad y de profesión ingeniero, en estado de retiro o semi-retiro.


__ Es sorprendente esa hipótesis acerca del nervio vago derecho. Es la primera vez que yo encuentro una explicación tan concreta y tan verificable desde un punto de vista científico, dijo el viajero, disminuyendo drásticamente el ritmo de su andar.


__ Cuando usted vuelva de su viaje a Puthaparti, la próxima semana, llámeme para concertar otro encuentro y le explicaré los detalles del asunto, dijo aquel hombre. Mientras tanto, le aconsejo que intente concentrarse más en los centros superiores. Si ella llegara a activarse abruptamente, buscaría de inmediato subir y salir por la parte de arriba, y si usted no está preparado, si ella encuentra obstáculos allí, entonces puede matarlo de manera fulminante…tenga cuidado…dijo aquel hombre.


__ A propósito, ¿Es cierto que Krishnamurti estuvo varias semanas enfermo a causa de ella? ¿Es cierto eso que se contó de él, que casi lo puso al borde de la muerte?, inquirió el viajero con cierto tono de curiosidad en su voz.


__ Tenga cuidado. Ya le digo, tenga cuidado… repitió nuevamente el hombre aquel.


Fin/
Sergio Barrios E.

lunes, 1 de marzo de 2010

Serie Puros Cuentos (VII): "EL HOMBRE QUE REHUSÒ CONVERTIRSE EN DIOS"

Sección Cultural (Kultur-Tulum):

“9,760 Kilómetros a través de la India”

De la Serie: Puros Cuentos (Parte VII):


“EL HOMBRE QUE REHUSÓ CONVERTIRSE EN DIOS”.



__Lo siento mucho, no podré ayudarle gran cosa, dijo aquella joven, en tono amable, casi como si estuviese pidiendo disculpas.

__ Ah, me imagino que su padre no está en estos momentos. Le agradecería me diera el número telefónico de la casa, así yo podría llamar antes de venir a buscarlo de nuevo, se escuchó decir al viajero, mientras intentaba disimular con su amplia sonrisa la elevada y húmeda temperatura que flotaba en el ambiente, esa tarde en aquel soleado suburbio de Madrás.

El viajero había llegado a la ciudad la noche anterior, luego de pernoctar en aquel tren durante más de treinta y seis horas continúas. Sus amigos, el pequeño grupo de burócratas que había conocido en el trayecto al nomás salir de Nueva Delhi, se habían bajado un día antes que él, al llegar a Nagpur, en el centro geográfico exacto de aquel inmenso país. Antes de que estos hombres se bajaran en su respectiva estación, durante horas estuvieron presionando al viajero para convencerlo de que cambiara momentáneamente su itinerario, pues ellos lo querían tener por algunos días como su “huésped de honor” en sus casas. Pero no consiguieron moverlo ni un milímetro de su originario plan de viaje, aunque por otro lado, lograron arrancarle la promesa de que en su trayecto de retorno al norte de la India, él se bajaría en Nagpur, para compartir nuevamente por unos días junto a ellos.

__El número telefónico no le servirá de nada. Mi padre murió hace un par de años, dijo ella, bajando ostensiblemente la voz, mientras el extraordinario brillo de sus ojos oscuros y hermosos adquirió cierta humedad.

__Lo siento mucho, atinó a responder lacónicamente el viajero, sin saber como disimular su desconcierto.

__ ¿De dónde viene usted? ¿Cómo se enteró de la existencia de mi padre?, se escuchó decir a ella, reponiéndose rápidamente.

__ Soy centroamericano y haciendo una breve estancia en Europa me dieron en Londres el nombre de su padre, a quien yo desea entrevistar, dijo él.

__No me extraña eso. Al igual que usted, mucha gente que todavía no sabe la mala noticia ha seguido viniendo a buscarlo. Pero por otra lado, que sorpresa poderme encontrar con un latinoamericano, y lo más asombroso, que venga hasta la propia puerta de mi casa….ufff..., vaya, soy muy afortunada. Disculpe que lo tenga aquí afuera. Por favor, pase usted adelante, dijo la muchacha, ruborizándose su rostro de tez clara.

__Gracias, es usted muy amable, fue lo único que atinó a responder el viajero.

__ Como usted sabrá, mi padre era muy conocido en ciertos círculos. Pero imagino que usted no venía a charlar con él sobre esos mismos asuntos… ¿verdad?, comentó la joven, mientras con un gesto invitaba al viajero a que tomara asiento en aquella silla de madera fina situada en el centro de la sala.

El hombre se quedó callado, mientras en silencio sacó un libro que portaba dentro de un ligero y pequeño bolso, y extendiéndolo en una de sus manos se lo acercó a la mujer. Ella hizo silencio durante breves segundos mientras leía mentalmente el título de aquel texto.

__ Ya, como no, entiendo... Usted quería hablar con mi padre acerca de ese asunto, dijo la joven.

__ Así es, respondió el viajero, mientras se mecía intentando sacudirse un poco aquel calor extenuante. Tengo entendido que su padre conoció a mi personaje, e incluso, me dijeron que habían sido amigos cercanos en cierta temporada.

__ En efecto, respondió escuetamente ella, y a continuación guardó silencio, viendo fijamente a los ojos del viajero.

__ ¿Pasa algo malo?, dijo aquel hombre, pues de pronto se hizo un inesperado e incomprensible silencio.

__ No nada, es que no me gusta hablar de eso. En los últimos años tuve algunas discrepancias con mi padre sobre ese punto. Pero yo en cambio, quisiera aprovechar ahora este milagro de su visita, por decirlo de alguna manera, y revertir el asunto, de modo que sea usted el entrevistado… respondió ella.

__ ¿Entrevista? ¿Usted a mi?, se escuchó decir al viajero, mientras hacía esfuerzos por contener la risa.

__ Así es. ¡El cazador resultó cazado!, dijo la mujer, mientras ponía en movimiento su grácil y esbelto cuerpo, desplazándose a lo largo de la sala con esa manera tan propia de muchas mujeres hindúes, que caminan con la frente erguida y la espalda perfectamente recta, con esa gracia que da la impresión de que sus pies no tocaran el suelo.

__ ¿Sobre qué cosa quiere usted entrevistarme a mi?, preguntó sorprendido el viajero, ante tan inesperado cambio de roles.

__ Bueno, antes que nada, me llamo Nalini, disculpe usted lo mal educada que soy, dijo ella.

__ Mucho gusto, respondió él, mientras alargaba su brazo hacia ella extendiéndole la mano.

__El gusto y la suerte es mía. ¿De origen centroamericano dijo usted, verdad?, respondió la joven.

_Usted escuchó bien, contestó lacónicamente el viajero.

__ Actualmente estudio en una universidad de Bélgica un curso post-doctoral en Ciencias Políticas, y mi tesis estará específicamente relacionada con el tema de las revoluciones políticas en América Latina. Estuve ya el año pasado de visita en Brasil, Perú y Bolivia… y pues, me gustaría que usted me platicara algo de lo mismo en Centroamérica.

En este punto de la conversación el viajero no pudo menos que sentir asombro. Había cruzado en avión dos continentes enteros y posteriormente, luego del arribo a su destino, se había trasladado por tierra otros miles de kilómetros solamente desde Nueva Delhi, para llegar al corazón de aquella ciudad profundamente asiática, en busca de un viejo filósofo para entrevistarlo sobre Krishnamurti, otro viejo filósofo que había vivido muchas décadas atrás en ese mismo lugar. Y he ahí que estaba a punto de volver a sus viejos temas de vida, conversación y de interés. Aquella situación inesperada le parecía completamente surrealista. En esos instantes rápidamente pasaron muchas ideas en su cabeza. Sin que su interlocutora se percatara del contenido de sus pensamientos, para sus adentros el viajero de burlaba de sí mismo, pensando que su estrella era tal que, si en un momento determinado él decidiera ir a buscar al propio Buda en una recóndita cueva de los Himalayas, seguramente a quien encontraría de inmediato sería a la bisnieta de Karlos Marx.

__ ¡El que nace para martillo del cielo le caen los clavos!, se escuchó murmurar al viajero, moviendo levemente la cabeza, como si tratara de sacudirse algún insecto imaginario.

__ ¿Cómo dijo?, respondió de inmediato la joven mujer, arqueando ostensiblemente sus delicadas y oscuras cejas.

__ No nada. Digo que quisiera saber si después de que usted termine con su entrevista podría platicarme algo sobre Krishnamurti.

__ Bueno… Mire, no se como explicarle. De ese tema yo no sé nada. De hecho, poco después de la muerte de mi padre regalamos todos sus libros de metafísica… un montón de libros de cuyos temas no entiendo nada. Lo único que sobrevivió fue ese pequeño cuadro con ese texto en el centro, algo que por ser especial mi madre aún conserva, dijo ella, apuntando con su mirada hacia una de las paredes de la sala.

El viajero se puso de pie y lentamente se acercó hasta donde estaba aquel pequeño cuadro, y con curiosidad evidente se puso a leer en voz alta: “Discurso de la Disolución de la Orden de la Estrella; Yo sostengo que la verdad es una tierra sin caminos, y no es posible acercarse a ella por ningún sendero, por ninguna religión, por ninguna secta. La verdad, al ser ilimitada, incondicionada, inabordable por ningún camino, no puede ser organizada. Pueden formar otras organizaciones y esperar a algún otro. Esto no me concierne, como tampoco me concierne crear nuevas jaulas y nuevas decoraciones para esas jaulas. Mi único interés es hacer que los hombres sean absoluta, incondicionalmente libres”. J. Krishnamurti.


Fin/



Sergio Barrios E.

martes, 26 de enero de 2010

SERIE "PUROS CUENTOS" (VI); "LA ESPOSA CANTORA"

SERIE "PUROS CUENTOS"
Nueve Mil Setencientos Kilòmetros a Travès de la India
Parte IV:
"LA ESPOSA CANTORA"


Por unos instantes las agudas voces de los niños vendedores ofreciendo “chai” caliente, inundaron el ambiente caluroso y cerrado, mientras los descalzos pequeñuelos se abrían paso entre los atestados pasillos del vagón, portando en sus pequeñas manitas sus rústicos termos de lata con carbones ardientes en su base. Con su presencia, los niños entraron en competencia con el sonido elevado de las risas de aquel grupo de pasajeros, que desde la estación central de trenes, más de diez horas atrás, en Nueva Delhi, sus seis o siete integrantes no habían parado de charlar y reír.

__Ajá, entonces conteste a mi pregunta, dígame, usted que es tan inteligente, pues supongo que debe serlo, o de otra forma no viniera ahora de estudiar en una Universidad europea… ¿no es así?, le dijo aquel hombre, medio en serio medio en broma, retándolo sanamente.
__ ¿Quiere chai?, ¿le sirvo una taza de chai?, se escuchó de nuevo la voz infantil, dirigiéndose directamente y con insistencia al viajero.
__ ¿Chai?, se escuchó preguntar a aquel hombre, mientras con curiosidad intentaba mirar hacia el interior de aquel vetusto tarro, hecho de lata humeante y ennegrecida, que el pequeño vendedor colgaba de uno de sus hombros.
__ Es té, mi amigo, té caliente y muy sabroso… le explicó uno de aquellos hombres que formaba parte de la rueda que se había formado en torno asiento donde iba el viajero.
__ ¿Qué me preguntaba usted hace unos momentos? Repítame lo que me hablaba, dijo el viajero, mientras le entregaba al niño un diminuto y maltrecho billete azul de 1 rupi.
__ Mi amigo Pakrash le decía que usted tiene cara de persona inteligente, contestó uno de los hombres del grupo, rompiendo su breve silencio, mientras aguzaba su mirada con cierta picardía.
__ Bueno, si yo realmente fuera inteligente quizá no estuviera acá en este momento, viajando en esta incomodidad de los vagones de clase económica, respondió en tono irónico el viajero. Supongo que al menos, si mi cociente intelectual fuese un poquito más elevado, tendría mayor habilidad para conseguir un poco más de dinero, y entonces yo ahorita estuviera viajando cómodamente en los vagones de adelante, en clase A, dijo el viajero.
__Sí, pero entonces no nos hubiera conocido a nosotros, y no se estaría divirtiendo ni la mitad…respondió de inmediato otro de los conferenciantes, que estaba sentado justo en el centro del largo sillón que quedaba justo en frente del sillón donde venía el viajero.
__ ¡Bueno, bueno, no ha respondido usted mi pregunta!, irrumpió de nuevo Pakrash, intentando así retomar el curso inicial de aquella conversación colectiva, que a ratos se tornaba un tanto caótica, con más de media docena de gentes entusiasmadas hablando al mismo tiempo.
__ Mire, francamente no se me ocurre una respuesta concreta… se escuchó rumiar al viajero, como si no quisiera dar su brazo a torcer.
__ Tal vez usted necesite otros mil kilómetros de recorrido en este tren…a lo mejor cuando estemos ya cerca de Madrás, dentro de dos días a usted ya se le habrá ocurrido una posible respuesta a mi pregunta…dijo Pakrash, desatando nuevas risas en el grupo.
__ Vamos a ver, repítame de nuevo el asunto, quizá esta taza de chai me ilumina el cerebro, respondió el viajero, mientras hacia gestos de brindis levantado su pequeño vaso.
__ Ok, ya ve, no todo se aprende en la universidad…aquí le va de nuevo la pregunta, dijo el hombre, alzando la voz para intentar ahogar el sonido de un estridente chirrido de ruedas, que en ese preciso momento intentaban frenar el mastodonte metálico, ante la proximidad de una nueva y pequeña estación.
__ El viajero inclinó levemente su cabeza para escuchar mejor la pregunta que le formulaba otra vez su nuevo amigo Pakrash, y luego de unos segundos de silencio reflexivo dijo: “No, no tengo idea como puedo hacer saber eso en tales condiciones…si se supone que no contrato a ningún espía, tampoco cuento con información de ningún amigo, vecino, ni tengo ninguna evidencia que delate la infidelidad de mi hipotética esposa…ni tampoco la escucho pronunciar a ella el nombre de su supuesto amante mientras duerme…y tampoco ella tiene interés en confesarme nada…uhmm… francamente, no tengo idea…”, dijo el viajero.
__ Hombre, eso está muy fácil. Le voy a dar una pequeña pista, se escuchó decir a Pakrash, conteniendo la risa mientras miraba directo al rostro del viajero.
__ ¿Qué pasaría si cada tarde al nomás llegar su esposa a casa, usted le pidiera que le entonara alguna estrofa de alguna canción que ella se supiera?, inquirió Pakrash, mientras reía con la mirada.
__ ¿Y eso qué tiene que ver? ¿Para qué me serviría oírla a ella cantar todas las tardes al llegar a casa?, respondió de inmediato el viajero, un poco intrigado.

Al escuchar aquella reacción de parte del viajero, el pequeño grupo de hombres se soltó en risas. Se miraban entre ellos y se reían sin poder disimular, mientras la gente a su alrededor hacía esfuerzos por acomodarse e intentar dormir un rato en aquel atestado vagón. Eran casi las doce de la noche, y desde horas tempranas en la mañana aquel grupo no cesaba de hablar y reír. Habían transcurrido más de 15 horas desde que salieron de Nueva Delhi y llevaban mucho tiempo en puro parloteo.

__ ¡Vamos Phalevi, cuéntale de una vez aquí al amigo!, se escuchó decir a Prakash, mientras movía su cabeza con ese leve bamboleo tan característico de mucha gente en la India.
__ Durante una época mi mujer me engañaba, pero pronto encontré la manera directa y segura de asegurarme de su infidelidad, se escuchó decir a Phalevi, con toda la seriedad del mundo. Su confesión no reflejaba vergüenza alguna.
__ ¿Y, qué paso? ¿Cómo comprobó usted su sospecha?, alcanzó a preguntar el viajero, empleando el mismo tono solemne de su nuevo amigo.
__ Tiempo atrás mi mejor amigo me había recomendado que cada vez que yo sospechara que mi mujer había estado con otro hombre, que al nomás llegar ella a casa la pusiera a tararear alguna estrofa…usted sabe, una partecita de esas pegajosas canciones cursis que todos los días escuchamos en la radio…dijo Phalevi, bajando ostensiblemente la voz.
__ ¿Y?, inquirió el viajero, con un tono de voz que denotaba impaciencia.
__ Bueno, me costó decidirme por la prueba, hasta que una tarde de tantas le pedí a ella que lo hiciera…ella muy extrañada por la petición accedió, y justo, casi sin proponérmelo, logré lo que buscaba… dijo aquel hombre, mientras el grupo hacía evidentes esfuerzos por contener la risa.
__ ¿Y que buscaba usted?, preguntó a secas el viajero.
__ ¡La prueba definitiva! Aquella tarde la voz de mi mujer sonaba diferente…usted sabe, sonaba algo áspera…contestó Phalevi.
__ Sigo sin entender nada. ¿Qué tiene eso que ver con la supuesta infidelidad de su esposa?, dijo el viajero.
__ Muy sencillo. Ya mi amigo, el acupunturista, me había explicado antes, que en el cuerpo humano existe una polaridad entre la laringe y los órganos genitales. El me había explicado que muchas mujeres experimentan cierta irritación en la laringe, particularmente pocas horas después de haber tenido relaciones sexuales…bueno, y muchas también al terminar su fase menopáusica, y por ello, él me recomendaba que estuviera atento a los cambios de voz en ella, dijo Phalevi.
__ ¡Caramba¡, nunca me imaginé tal relación…se escuchó decir al viajero, mostrando asombro.
__ Haber Phalevi, dile aquí al amigo cuál es la raíz etimológica de la palabra “voz”, se escuchó de pronto decir a Prakash, mirando hacia su amigo, sentado a la par.
__ La palabra “voz”, al menos en el antiguo hebreo, se escribe Yediah, que viene de la raíz etimológica Yadah, que significa “conocer”…respondió de inmediato Phalevi.
__ Y sabe usted, amigo mío, ¿Cuál es la palabra hebrea que utiliza la biblia para referirse a las relaciones sexuales?, preguntó Prakash al viajero.
__ No, no lo sé, respondió él de inmediato.
__ Yadah, para referirse al coito la biblia utiliza la misma palabra que se emplea para señalar la garganta…respondió Phalevi, mientras el pequeño grupo de burócratas soltaba una sonora carcajada.
__ Sssshhhh, por favor, guarden silencio, la gente aquí quiere dormir…mañana tendrán todo el día para seguir con sus bromas…dijo en voz alta aquel inspector, que visiblemente molesto se había acercado a esa ruidosa sección del vagón, y sin pensarlo dos veces bajó abruptamente el interruptor, dejando a los bullangueros viajeros sumidos en la penumbra de la noche.


Fin/
Sergio Barrios E.

martes, 22 de diciembre de 2009

SERIE PUROS CUENTOS- V- ESTACION CENTRAL


Nueve Mil setecientos Kilòmetros a travès de la India






SERIE PUROS CUENTOS -



Parte V



"Estacion Central"














Niños en Fiesta Anual de Ganesh- Calles de Nueva Delhi
"Estacion Central"

Por Sergio Barrios Escalante




“Estación Central”


Con dificultad el viajero se fue abriendo paso entre la muchedumbre aglomerada aquella mañana entre las numerosas filas desordenadas, en el interior de aquel inmenso salón repleto de ventanillas. Pasaban los minutos y las filas cada vez se diluían más sin llegar a disiparse del todo, entrecruzándose como si fuesen enormes y ondulantes serpientes.

El calor y el murmullo de centenares de voces redoblaban el ambiente denso. Al percatarse que las filas no avanzaban el viajero decidió abrirse paso hacia delante hasta conseguir llegar frente al encargado de la ventanilla que a él le interesaba.

__ Se nos cayó el sistema. No venderemos boletos hasta dentro de unas tres o cuatro horas. Será mejor que regrese por la tarde, fue la respuesta que brindó aquel hombre sentado detrás del vidrio.

Sin decir una palabra, el viajero se detuvo en silencio por unos instantes, haciendo girar su mirada en un ángulo completo de 180 grados, mientras se secaba el sudor de la frente. Vio entonces como algunas mujeres y niños esperaban sentados en el piso, pese a lo incómodo pues este se encontraba mojado.

Ese detalle le llamó la atención al viajero por lo que preguntó al respecto a un hombre que tenía cerca.

__Desde hace un tiempo lo mantienen así desde muy temprano en la mañana, para evitar que la gente se siente o acueste allí, respondió aquel hombre, mientras se limpiaba sus bigotes negros con la punta de la lengua.

__ ¿Cuál es el problema que la gente lo haga?, se escuchó preguntar de nuevo al viajero, mientras arqueaba sus cejas.

__ Hasta hace poco tiempo muchos viajeros, especialmente los sadus y otro tipo de nómadas, solos o en grupos pequeños y grandes, acostumbraban a pernoctar durante mucho tiempo en las estaciones de trenes, respondió el hombre, mientras terminaba de devorar un trozo de pan relleno con carne de gallina. Pero, en los últimos años, prosiguió diciendo, el gobierno ya no permite eso en muchas estaciones del país.

__ ¿Qué tanto tiempo duraba esa gente en estos sitios?, inquirió el viajero.

__ A veces pasaban meses o hasta años, respondió lacónicamente.

__ ¡No le creo! contestó de inmediato el viajero.

__ Pregunte entonces a otra gente… a cualquiera de los que están aquí y le va a decir lo mismo, respondió el hombre, en un tono entre amable y displicente.

__ ¿Y dónde pernocta ahora toda esa gente?, se escuchó decir al viajero.

__ Bueno, aquí en la New Delhi Railway Station los nómadas se quedan a vivir algún tiempo en la parte de atrás de este edificio administrativo, cerca de los andenes donde se toman los trenes, respondió.

__ ¿Cómo es posible que esta gente se quede por años viviendo en una estación de paso?, volvió el viajero a insistir.

__ Lo que sucede es que algunos lo hacen por razones religiosas…van visitando distintos lugares de peregrinación religiosa y no tienen mucha prisa en llegar. Otros son hombres o mujeres ancianos, o gente adulta que viaja con toda su numerosa prole, y se quedan sin dinero antes de llegar a su destino, y no pueden continuar ni tampoco regresar.

__ ¿Y cómo hacen para sobrevivir? ¿Cómo se alimentan?, preguntó el viajero, pensando simultáneamente en salir de inmediato para constatar aquello con sus propios ojos.

__ Piden…simplemente piden limosna en las calles…respondió el hindú.

Al escuchar estas explicaciones el viajero se despidió rápidamente de su interlocutor ocasional y decidió salir de aquellas oficinas para ir a echar un vistazo a la parte externa, donde se abordan los trenes.

Luego de caminar a través de largas pasarelas de metal y acero, construidas a considerable altura y repletas de ríos de gente en sus largos corredores, entre empellones, todo tipo de olores y aromas humanos y no humanos, y escuchando distinto tipo de dialectos regionales que salía de entre los murmullos, finalmente el viajero llegó hasta la parte baja, descendiendo por unas gradas que daban acceso directo a los andenes.

A parte de los miles de niños, mujeres, hombres de todas las edades y condiciones que estaban aglomerados en los largos pasillos de concreto, algunos en aparente espera de abordaje otros no se sabía muy bien…sentados en esa particular posición que sólo a ellos les parece cómoda, y otros acostados o de pie, al viajero de inmediato le llamó la atención un par de trenes que en ese momento estaban recibiendo y acomodando pasajeros.

Lo sorprendió la notoria modernidad de esas gigantescas bestias metálicas. No eran ultra-modernos como los trenes que hay en Europa, pero tampoco eran las vetustas tortugas de hierros ennegrecidos que desde niño el viajero había observado en la televisión, los periódicos y en el cine. Las moles que tenía frente a sus ojos tampoco llevaban a miles de pasajeros sentados en el techo. Antes bien, descubrió que en la parte superior de aquellas móviles moles de acero había toda una enmarañada red de cables de alta tensión.

__ ¿Son eléctricas esas locomotoras?, preguntó en voz alta el viajero a un empleado, una especie de supervisor, que momentáneamente había descendido del interior.

__ Así es, asintió lacónicamente aquel hombre, mientras se componía con dorso de su mano el gorro de su uniforme.

__ Estas máquinas no parecen tener mucho uso. ¿No es así?, se escuchó preguntar de nuevo el viajero.

__ Esto recién ha sido modernizado, se escuchó responder al supervisor. Por extensión en kilómetros, la red ferroviaria de la India es la más cuarta más grande del mundo… respondió aquel hombre, mientras se subía rápidamente a uno de los vagones de aquel tren, que en ese preciso instante comenzaba a desperezarse suave y silenciosamente.

Mientras tanto, el bullicio continuaba en aquel sitio. Las pasarelas y los pasillos de abajo, en el andén, continuaban vomitando gente oriunda de todos los rincones del país. Entre maletas, cajas de cartón, animales amarrados, muebles de todo tipo y gente durmiendo o sentada en el piso, el viajero caminó de nuevo buscando la salida, mientras las pupilas de sus ojos se inundaban con imágenes de niños, muchos niños, miles de niños flaquitos, gorditos, muy morenitos, poco morenitos…todos con inmensos ojos negros y profundos, cuyo brillo y lucidez parecía taladrar todo lo que observaban a su alrededor. Un inmenso ejército de pequeñas criaturas… solas o acompañadas de sus padres, parientes, o quizá de sus patrones.

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